penacho desplegado, entre cuyas plumas se 
habían instalado dos hombres. 

Completaban este grupo de gigantescas aves 
otras dos, situadas en último plano. Una asomaba 
su penacho ocre y su pecho blanco sobre la 
cabeza de la pata. La otra, de plumaje rojo en la 
cabeza, blanco en el pecho y amarillo en el resto, 
asomaba tras el petirrojo; un hombre, de capucha 
vegetal y traslúcida, la cabalgaba. Delante del 
grupo, en el borde del panel, aparecía el cárabo, 
metido en el agua hasta la cintura. El cárabo 
miraba hacia fuera del tríptico, hacia el 
espectador, al igual que el hombre que extendía 
sus brazos en torno a ella, como abrazándola. 

Un poco más abajo aparecía la enorme flor con 
forma de chupete, encerrada en la esfera de 
superficie filamentosa y traslúcida que les servía 
de asiento y habitación al hombre de piel grisácea 
y a la blanca mujer, a todas luces amantes. Quizá 
fuese una referencia al olfato; quizá aquellos dos 
seres se encerraran en la flor, su cigoto, para 
aislarse del entorno y disfrutar de la fragancia de 
la pasión, en su suite floral. La esfera traslúcida 
que protegía a la flor remitía, con su forma, a la 
opaca y resquebrajada base de la fuente en el 
panel central, nariz de la cabeza (1), esférica, 
hueca y abierta en círculo al frente. Y aún más se 
parecía, a la base de la fuente, la gigantesca 
semilla o fruto esférico del que surgía esta flor,

pues no solo era esférica y hueca, sino también 
opaca y abierta en círculo al frente. 

Quizá el Bosco apuntara con todo esto a los 
placeres obtenidos a través de los sentidos, 
castigados en el panel derecho. 

ALGUNAS OTRAS RELACIONES ENTRE LOS PANELES 

El Bosco insistía en relacionar los paneles del 
tríptico. Multitud de claves dejaban constancia de 
su intención. Un buen número de ellas 
interconectaban los paneles laterales. Así ocurría 
con Dios Hijo, en el Génesis, y el gigantesco 
pájaro en su trono, en el Apocalipsis, unidos 
ambos por sus cabezas, en particular por sus ojos, 
situados a la misma altura, sobre la misma 
horizontal. Otro ejemplo se daba en la parte 
inferior del panel izquierdo, lugar en donde el 
Bosco pintó un grupo de extrañas aves, que 
también remitían al gigantesco pájaro sentado en 
su trono, en el Apocalipsis. Una de ellas se 
zampaba a una rana, prefigurando al gigantesco 
pájaro en su trono, que se zampaba a un hombre. 
Otra tenía un pico similar al del gigantesco pájaro, 
e incluso lo abría igual que él; y al extender su 
larga lengua hacia otras ranas recordaba en su 
gesto a la bestia vestida de rojo en el panel 
derecho, a los pies del laúd y del arpa, bestia que 
extendía su lengua hacia el trasero musicado de 
un hombre. Pero el ave que más llamaba la 
atención en este grupo aparecía a los pies de Jesús.
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