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línea se cruzó con la anterior sobre la mano izquierda de Jesús. Y fue al trazar la línea que unía los pies de las ballestas cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo. No me lo podía creer: el Bosco había utilizado un punto de fuga para dibujar las ballestas. Y lo había hecho con toda la intención del mundo; porque el punto de fuga se situaba en el panel izquierdo, en el centro del dorso de la mano izquierda de Jesús, en el mismo lugar de la mano en el que Roger van der Weyden pintó la llagas de Jesús en El Descendimiento, en el mismo lugar en el que el Bosco clavó el cuchillo y el estilete, en la mano arrancada en bendición y en la mano del hombre, respectivamente, ambos a los pies del panel derecho. La idea, de una originalidad superlativa, me dejó literalmente pasmado. Y ni la evidente inexactitud de mis mediciones, ni el que la imagen desplegable que utilizaba como referencia fuera ridículamente pequeña en comparación con el tríptico original que tenía ante mí, y ni tan siquiera el que la regla que me servía para probar mis conjeturas fuera un simple plano del museo pudieron disminuir mi asombro. Después del cúmulo de fantásticos simbolismos que había descubierto en el tríptico, todos de un ingenio y sutileza admirable, la belleza de esta última idea justificaba por sí misma su existencia, confirmaba e incluso bendecía en su trayectoria a todas las

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demás, dotándolas no sólo de sentido sino hasta de sentimiento. El uso de un punto de fuga justificaba que el Bosco hubiera dibujado la ballesta de la izquierda más pequeña que la de la derecha, aun estando esta última más alejada. Todas las líneas que unían los puntos comunes de las ballestas convergían a medida que se acercaban a la mano de Jesús para acabar fundiéndose en el lugar llamado a ser traspasado en la Crucifixión. Las implicaciones de este simbolismo respecto a El Descendimiento eran tremendas. El Bosco captó la magistral idea de Roger van der Weyden, y la hizo suya como sólo un genio de la pintura podría hacerlo. EN LA BNE No podía seguir dibujando todas aquellas líneas sobre el papel. Tenía que dibujarlas sobre una imagen digital: solo así podría comprobar su exactitud. Tras tomar un rápido refrigerio .sándwich, zumo y café. en la cafetería del museo, salí del Prado y me dirigí a la Biblioteca Nacional. Cuando llegué, fui directo a un ordenador, accedí a la página web del Museo del Prado y descargué la imagen de máxima resolución que encontré de El jardín de las delicias, sólo tres veces inferior al inmenso tríptico original. Y comencé a trazar las líneas.

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