Intuitivamente pensé en las dos construcciones 
que sugerían los ojos de la divina cabeza (1), en 
el panel central. Miré el enorme cárabo, a la 
izquierda. Miré el mochuelo, a la derecha. Intuí 
algo que no me pareció del todo descabellado. 
Uní el ojo derecho del mochuelo con el ojo 
derecho de la cabeza (1); uní el ojo izquierdo del 
cárabo con el ojo izquierdo de la cabeza (1), 
utilizando como punto de referencia en ambos 
casos los ojos de la primera persona visible en las 
pupilas .cuevas. de la cabeza (1). Las líneas se 
cruzaban en la base de la fuente, en la fosa nasal 
de la cabeza (1), sobre la cabeza de la mujer 
visible a través de la apertura circular. Los ríos de 
lágrimas que brotaban de los ojos de la cabeza (1) 
seguían la dirección de estas dos líneas, paralelas 
al lado del río que indicaban con su brazo dos 
personas situadas cada cual a la puerta de su 
cueva. El Bosco no parecía haber dejado ni un 
solo cabo suelto. De esta forma tan ingeniosa, 
relacionando todos los ojos .órganos sensoriales 
indispensables para la pintura., el Bosco 
confirmaba que las dos construcciones superiores 
del panel central eran ojos en una cabeza divina, 
la de Dios, cabeza (1). Y aún encontré otra 
relación más, que venía a confirmar todo lo 
dicho: al unir en línea recta el ojo derecho de 
Adán .el único visible. con el ojo derecho de 
Dios Hijo, ambos en el paraíso, y extender la 
línea hasta el panel central, la línea llegaba hasta

el ojo derecho de Dios Padre, cabeza (1), hasta su 
mismísima pupila. Había que verlo para creerlo. 
Adán no solo miraba hacia Dios Hijo; también 
miraba hacia Dios Padre, e incluso hacia Dios 
Espíritu Santo, que descendía desde el cielo hasta 
la fuente del panel central. Y si esto era así, 
también podría ser que las tres fuentes 
simbolizaran a la Santísima Trinidad: a la 
izquierda, Dios Padre, en el Génesis; en el centro, 
Dios Hijo, en el mundo; y a la derecha, Dios 
Espíritu Santo, totalmente abandonado por el 
hombre en el infierno. Cuando la humanidad deja 
de alimentar con buenas obras el árbol del 
espíritu, el árbol deja de dar su fruto, alimento del 
espíritu; y se seca y muere, instante en el que 
arranca el Apocalipsis. 

Fue entonces cuando intuí algo sorprendente. 
De inmediato busqué las dos diminutas ballestas, 
en el panel derecho, intentando dar con una línea 
recta que pudiera confirmar lo que intuía. 
Intentaba probar la idea quizá más complicada de 
justificar, a saber, que el Bosco había pintado las 
dos ballestas a imagen y semejanza de las de El 
Descendimiento, para con ello remitir a la figura 
de Jesucristo. Uní los centros de las dos ballestas 
y prolongué la línea hasta Dios Hijo, en el panel 
izquierdo. La línea atravesó el pecho de Eva y 
llegó a centro del dorso de la mano izquierda de 
Jesús. Probé a unir las dos cabezas de las 
ballestas y prolongar la línea igual que antes. La
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