Al verme el señor y amo del lienzo junto a 
aquella mesa tan bien servida, se levantó de su 
pequeño taburete y se acercó hasta el mostrador 
del puesto, que también era suyo. No le sentí 
aproximarse, tal era el poder hipnótico de la 
belleza hiperrealista de aquel bodegón. Sólo me 
percaté de su presencia cuando oí a una voz 
preguntar si me gustaba la pintura. Al girarme y 
comprobar que era a mí a quien iba dirigida la 
pregunta, respondí sin dudarlo que, aunque yo no 
era un experto en la materia, tenía la impresión de 
estar ante una auténtica obra maestra. «Muchas 
gracias .me respondió el buen hombre.; 
aunque lo cierto es que yo no me refería a esta 
obra en particular, sino a la pintura como 
manifestación artística en general». «Por supuesto 
que me gusta .le respondí.; aunque tengo que 
reconocer que nunca le he dedicado la atención 
que merece un arte como este, capaz de llenar 
estómagos tan solo con la vista». Y de estas 
palabras, algo aduladoras, y de mi sonrisa, intuyó 
aquel señor de largo pelo canoso y barbas blancas 
mi buen estado de ánimo, lo que le impulsó a 
mostrarme algunos volúmenes que por allí tenía 
apilados, volúmenes que narraban la historia del 
difícil arte de pintar. Mientras yo los ojeaba con 
interés, el buen hombre sacó, de una caja de 
cartón que guardaba bajo la mesa plegable que le 
servía de expositor, los primeros fascículos de la 
que dijo ser una afamada colección dedicada al

aprendizaje de la pintura, si bien, como se trataba 
de ejemplares usados, los fascículos carecían de 
los extras con que las editoriales solían obsequiar 
a sus lectores en los primeros números. No 
obstante, el buen hombre me aseguró que él 
mismo supliría esa falta regalándome un pequeño 
lienzo en blanco, un discreto pincel y tres tubos 
de óleos, si es que decidía adquirir los fascículos. 
La idea, que logró seducirme, y el precio, que me 
pareció razonable, me movieron finalmente a 
aceptar su oferta. Y con esta compra regresé a mi 
apartamento, no sin antes parar en los bares de 
siempre, que en este santo país siempre hay 
alguien que te lía a tomar unas cañas o unos vinos, 
con sus consabidas y generosas tapas. 

EN CASA 

Lo primero que hice al llegar a casa fue abrir 
los postigos del balcón, orientado al sur. El salón, 
de cocina americana, se inundó de claridad. La 
lengua de luz que emergió del cielo de Madrid se 
detuvo justo ante la pequeña redondez de una 
mesa camilla que solía sustentar mis desayunos y 
a veces mis cenas. Aquella mesa parecía el lugar 
perfecto para mi improvisado estudio de pintura. 

Dejé allí los materiales y fui a mi habitación a 
ponerme ropa cómoda. Al volver, encendí el 
equipo de música y seleccioné un CD de 
Beethoven, su sexta sinfonía, la Pastoral. No es 
que pretendiera invocar a las nueve musas, hijas
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