dibujar a una bestia, finalizar una espada, 
traspasar al hombre desnudo y crucificado en el 
arpa, colocar el eje de la gigantesca llave colgante, 
situar a un hombre desnudo a punto de ser 
ajusticiado sobre una escalera, situar a otro 
hombre sobre otra escalera o colocar un punto de 
luz en la oscuridad del tétrico paisaje, en lo alto 
del panel. Si los ojos de quien contemplara el 
tríptico recorrieran esa vertical, o cualquier otra 
línea de referencia de este tipo, se encontrarían 
con elementos que le ayudarían a intuir la 
composición de la obra, e incluso a construir 
relatos, a la vez que dirigirían la atención hacia 
otros elementos en otras direcciones, sugiriendo 
formas de navegar por la pintura. 

Seguí escudriñando el tríptico. Me llamó la 
atención la curiosa forma en que parecían 
relacionarse tres pares de objetos, a saber, los dos 
gigantescos cuchillos en el panel derecho, dos 
jarras a los pies del panel derecho, y dos pájaros 
en la esquina inferior derecha del panel central. 
Los dos pájaros, de dimensiones normales, se 
alineaban en la misma vertical, el de arriba con la 
cabeza orientada hacia el suroeste, el de abajo 
orientado hacia el noreste, ambos en una ovalada 
y punteada urna cristalina, sobre un pedestal junto 
a la cueva. Las dos jarras también se alineaban en 
la misma vertical, una en manos de la mujer con 
el dado en la cabeza, la otra en el suelo, si bien se 
distanciaban entre sí algo más que los pájaros, y

orientaban su boca a la inversa que los pájaros. 
Los dos enormes cuchillos, más arriba, 
flanqueaban a la figura hueca orientando sus 
puntas igual que las jarras, con el filo hacia el 
interior. Las posiciones y orientaciones de estos 
pájaros, jarras y cuchillos no daban la impresión 
de haber sido elegidas al azar, y prueba de ello 
era que el Bosco incluso parecía sugerir que 
habían de unirse las seis imágenes con rectas, a 
tenor de lo curioso de las trayectorias de esas 
rectas. El pájaro, jarra y cuchillo superiores se 
unían con dos rectas que, curiosamente, formaban 
entre ellas un ángulo recto, puesto que la primera 
línea era horizontal y la segunda vertical, como 
en una jota. La primera línea salía del ojo del 
pájaro y llegaba a la jarra a la altura de los dados 
y dedos de la mano arrancada en bendición. La 
segunda línea, con su origen en el final de la línea 
anterior, ascendía atravesando el dado mayor, la 
ballesta de la izquierda y la eme mayúscula 
grabada en el cuchillo. La intencionalidad me 
pareció inequívoca. Aun así, el Bosco dejó otras 
señales: la primera línea, extendida hacia la 
derecha, llegaba hasta el centro del sello de la 
carta mayor, sobre la cabeza de hombre vestido 
de rojo claro tirando a rosa, atravesando antes un 
estómago que explotaba de hambre. Y si se 
trazaba una línea horizontal desde el sello de la 
carta pequeña, la línea atravesaba 
consecutivamente el pensamiento, la boca, el oído
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