Analicé detalladamente el panel derecho de El 
jardín de las delicias. Encontré siete instrumentos 
musicales de viento, quizá símbolo de las siete 
trompetas, aunque no me fiaba de mi cuenta por 
lo complicado que resultaba la búsqueda entre 
tanto personaje. Cinco de los siete instrumentos 
aparecían en la mitad inferior, quizá en referencia 
a la escena descrita tras el toque de la quinta 
trompeta. Sobre la cabeza de la figura hueca, en 
el centro de la plataforma plana y circular, 
aparecía la gigantesca gaita rosa, el primero de 
los otros dos restantes instrumentos de viento. Al 
fijarme en los personajes situados en torno a ella 
se me ocurrió que quizá también esta escena 
fuese una clave destinada a la correcta 
interpretación del panel central. Las tres bestias 
antropomorfas que daban vueltas alrededor de la 
plataforma se me antojaron femeninas, por su 
apariencia y por el sexo de sus acompañantes: 
cada cual llevaba de la mano a un hombre 
desnudo. La cuarta bestia asomaba tras la 
gigantesca gaita. Y la quinta, sentada sobre el 
fuelle, aferrada de pies y manos al puntero, 
tocaba la gaita. 

La escena parecía suplicar ser conectada con la 
del panel central, cuando se interpretaba en 
términos de los hijos de Dios y las hijas de los 
hombres, es decir, cuando los hijos de Dios 
cabalgaban en torno al pequeño estanque 
cortejando a las hijas de los hombres, situadas en

el centro. Si en el panel central era los hijos de 
Dios quienes elegían a las hijas del hombre 
.elegidas a la fuerza, a tenor del gesto de Eva en 
el paraíso., en el panel derecho era una bestia 
femenina la que elegía .a la fuerza. al hijo de 
Dios, castigándole con el mismo instrumento de 
su pecado, aplicándole la misma ley del Talión 
que parecía imponerse sobre el resto de 
personajes torturados en el panel. Así es la ley del 
infierno. 

Los sucesos asociados al toque de la sexta 
trompeta se relataban de forma extensa, desde el 
versículo trece del capítulo nueve hasta la mitad 
del capítulo once. El ángel liberaba a los cuatro 
ángeles encadenados junto al río Éufrates, 
preparados ya para la hora, día, mes y año en que 
debían exterminar a una tercera parte de la 
humanidad. Con la ayuda de sus ejércitos a 
caballo, en número de doscientos millones, los 
cuatro ángeles cumplían su misión valiéndose de 
tres plagas: una de fuego, otra de humo, otra de 
azufre, que salían de la boca de los caballos. El 
fuego, el humo, el azufre, los ejércitos y una 
ingente cantidad de hombres perseguidos se 
daban cita en la parte alta del panel derecho de El 
jardín de las delicias, sugiriendo esa lucha 
desigual, tan devastadora. 

Ni aun después de haber sufrido estas plagas 
los hombres que sobrevivieron se arrepintieron de 
sus malas obras, ni dejaron de adorar los ídolos
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