
sorprendente. De seguir el método de colocar la escena junto a la siguiente escalera por la que ascendiera algún personaje, el Bosco habría tenido que pintar su versión de los versículos en un plano muy lejano y oscuro, en el que nada hubiera sido perceptible. La única alternativa posible pasaba por situar en el entorno de la escalera solo el comienzo del texto, puesto que solo el comienzo de la escena podía hacerse visible de situarse en esa posición del panel. En ese entorno llamaba la atención una pequeña caseta situada junto a la escalera, en una posición para nada casual. Aparecía rodeada de la oscuridad y destrucción reinante en la parte alta del panel, en el mismo centro horizontal, pintada en color negro por estar a contraluz, como el resto de ruinosas construcciones. Tenía tan sólo una apertura al exterior, a modo de puerta, iluminada también a contraluz; y en la parte inferior se apreciaba la oscura silueta de un personaje. La caseta se sostenía sobre unos pilares inclinados, unidos en pirámide; y tras ella refulgía un resplandor, en forma de cruz, como el de una estrella, dando al conjunto la apariencia de un molino con aspas de luz. La imagen encajaba con el primer versículo, que decía que al tocar el quinto ángel la quinta trompeta cayó del cielo una estrella a la que le fueron dadas las llaves del pozo del abismo, escena que Durero incluía en el grabado de las cuatro primeras trompetas. El

resplandor bien podía simbolizar esa estrella. Y la inmensa llave colgada de la vara inserta en la cuenca del ojo derecho del gigantesco cráneo animal, tras la figura hueca, bien podía simbolizar la llave del pozo del abismo. Y si pensaba que esto bien pudiera ser así era porque, entre otras cosas, la lanza que sostenía la llave apuntaba justo hacia la caseta: de nuevo otra línea recta, un recurso básico para relacionar dos símbolos, pero muy socorrido. El texto proseguía diciendo que al abrir el pozo del abismo salió humo de él: también en el panel, junto a la casa, había chimeneas de sulfurosos humos infernales. La narración proseguía diciendo que del pozo salieron langostas a las que no solo se dio orden de torturar sin matar a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios, sino de prolongarles la agonía durante cinco meses, nada menos, de forma que fuera tan grande su sufrimiento que los hombres llegaran a querer morir pero no pudieran hacerlo; porque la Muerte, cómplice de la tortura, huiría de ellos. Decía el texto que las langostas eran como caballos preparados para la guerra, su cara parecida a la humana, sus cabellos como de mujer, sus dientes de león, su cuerpo como corazas de hierro, y su cola de escorpión: unos perros a los pies del panel sugerían esas formas. Y sobre ellos tenían a su